Soy un ogro y me como a las personas. No es que me gusten especialmente, es más, me molestan, por eso con tal de no soportarlas me las como. De hecho si pudiera, también me comería a mi mismo.
Siempre he sentido rechazo por los demás y no sé por qué. Ni lo sé ni me importa, es más fácil engullirlos para que dejen de dar el coñazo. Por eso no he intentado mejorar. De todos modos seguro que es culpa suya.
Me paso el día gruñiendo y dando mamporrazos. De vez en cuando me pego una buena carcajada pero no me suele durar, igual que todo.
No entiendo este mundo, no es como me lo habían contado y siento que no puedo hacer una mierda por cambiarlo. Hubiera querido tener otras vidas. Por eso también creo que me las como, ?aquí o follamos todos o la puta al río?.
Hace años que no me miro en un espejo. El último que tuve lo rompí. No me favorecía.
Ahora siento que estoy perdiendo el tiempo contando esta historia para no se sabe quien ni con qué fin. Y tú que estás leyendo, no te creas mejor que yo, ya estás dentro de mí.
viernes, 18 de marzo de 2005
miércoles, 16 de marzo de 2005
El primer día
Esa mañana no supe muy bien qué estaba ocurriendo. Mi mamá me despertó antes de lo habitual, me hizo desayunar, me vistió y me sacó a la calle a toda prisa.
Ella lo venía anunciando desde hacía unos días pero siempre he sido algo distraído así es que en aquella ocasión, como haría después en tantas otras, no le debí hacer mucho caso pensando que me estaba hablando de algo sin importancia.
El caso es que a medida que iban pasando los minutos fui pasando pronto de la sorpresa al terco enfado, ya entonces era bastante cabezón, sin saber que acabaría llegando rápidamente al estupor para caer de golpe en el profundo horror.
Salimos de casa y mamá con su paso siempre tan corto y ligero pero firme me tiraba de la mano alegando que llegábamos tarde. A mi corta edad -había aprendido a señalarla orgulloso con pulgar, índice y corazón-, no había desarrollado aún demasiados poderes de deducción pero los suficientes como para saber que eso significaba ir a un sitio serio donde alguien o alguienes nos esperaban para hacer algo que como todo lo anterior desconocía por el momento. Estupor.
La cosa empezó a ponerse fea cuando íbamos llegando al lugar de destino. A medida que avanzábamos observé que otros niños con otras madres tirando de sus pequeñas manos se dirigían en la misma dirección que nosotros. Mi mamá, que ya se había apercibido desde hacía un rato de que no me estaba gustando la situación, me empezaba a adelantar datos sobre lo que iba a suceder en breve. Todo se resumía en que lo pasaría muy bien y pronto estaría de nuevo en casa. De nuevo leyendo entre líneas alcancé a adivinar algo más sobre mi horrible devenir: mi mamá me dejaría solo y ¿por qué lo iba a pasar tan bien, es que podría pasarlo mal? Oh Dios mío ... Horror.
Hay muchas formas de llorar y se puede llorar por muchos motivos distintos. Pero no hay nada más triste, aparte de ver llorar a un viejo, que llorar cuando, por primera vez te anuncian que tendrás que enfrentarte al resto del mundo tú solito. Solo. Sin papá, ni mamá, ni Carlitos, ni el tío Fermín, ni la vecina del quinto. Solo, y punto.
Ese día de nada sirven los pequeños tractores rojos, como el que me compró mi mamá para que dejara de moquear, chillar, tirar de su brazo y revolcarme por el suelo. Ese día se recuerda cada año con el mismo profundo horror. Ese es el día en que de verdad comienza tu vida aquí, en este mundo, el real.
Ese día es el día en que empieza el colegio.
Ella lo venía anunciando desde hacía unos días pero siempre he sido algo distraído así es que en aquella ocasión, como haría después en tantas otras, no le debí hacer mucho caso pensando que me estaba hablando de algo sin importancia.
El caso es que a medida que iban pasando los minutos fui pasando pronto de la sorpresa al terco enfado, ya entonces era bastante cabezón, sin saber que acabaría llegando rápidamente al estupor para caer de golpe en el profundo horror.
Salimos de casa y mamá con su paso siempre tan corto y ligero pero firme me tiraba de la mano alegando que llegábamos tarde. A mi corta edad -había aprendido a señalarla orgulloso con pulgar, índice y corazón-, no había desarrollado aún demasiados poderes de deducción pero los suficientes como para saber que eso significaba ir a un sitio serio donde alguien o alguienes nos esperaban para hacer algo que como todo lo anterior desconocía por el momento. Estupor.
La cosa empezó a ponerse fea cuando íbamos llegando al lugar de destino. A medida que avanzábamos observé que otros niños con otras madres tirando de sus pequeñas manos se dirigían en la misma dirección que nosotros. Mi mamá, que ya se había apercibido desde hacía un rato de que no me estaba gustando la situación, me empezaba a adelantar datos sobre lo que iba a suceder en breve. Todo se resumía en que lo pasaría muy bien y pronto estaría de nuevo en casa. De nuevo leyendo entre líneas alcancé a adivinar algo más sobre mi horrible devenir: mi mamá me dejaría solo y ¿por qué lo iba a pasar tan bien, es que podría pasarlo mal? Oh Dios mío ... Horror.
Hay muchas formas de llorar y se puede llorar por muchos motivos distintos. Pero no hay nada más triste, aparte de ver llorar a un viejo, que llorar cuando, por primera vez te anuncian que tendrás que enfrentarte al resto del mundo tú solito. Solo. Sin papá, ni mamá, ni Carlitos, ni el tío Fermín, ni la vecina del quinto. Solo, y punto.
Ese día de nada sirven los pequeños tractores rojos, como el que me compró mi mamá para que dejara de moquear, chillar, tirar de su brazo y revolcarme por el suelo. Ese día se recuerda cada año con el mismo profundo horror. Ese es el día en que de verdad comienza tu vida aquí, en este mundo, el real.
Ese día es el día en que empieza el colegio.
viernes, 11 de marzo de 2005
Ellos, los enfermos
Me irrita que mi cuerpo se infecte de este u otro virus. Yo soy una persona sana, que lleva una vida sana. ¿Por qué entonces he de sentirme enfermo? ¿Quién me ha pegado este catarro, por qué me pica todo el cuerpo y hasta la cabeza, qué me han puesto en la comida para que mi estómago parezca una hormigonera?
He llegado a la conclusión de que no es suficiente con matar al virus. No, es necesario matar a los portadores, y hasta a los familiares y amigos de los portadores, por si acaso. Ellos son los culpables de todos mis males; sucios, maleantes, muertos de hambre, mala gente.
Que desaparezcan del mapa. Este es un mundo impoluto, no tienen derecho a estropearlo. Que se queden en su mundo. No me interesan sus enfermedades ni cómo curarlas. Ellos sabrán por qué las tienen. Es culpa suya. Ellos tienen la culpa de todos nuestros males. Nosotros somos los buenos, los sanos. Ellos son los malos, los enfermos. Ellos matan, nosotros no. Nosotros vivimos como ha de vivirse. Ellos no. Me molestan, me irritan, no me dejan vivir en paz.
No les dejéis subir a nuestro tren. No. No les dejéis.
He llegado a la conclusión de que no es suficiente con matar al virus. No, es necesario matar a los portadores, y hasta a los familiares y amigos de los portadores, por si acaso. Ellos son los culpables de todos mis males; sucios, maleantes, muertos de hambre, mala gente.
Que desaparezcan del mapa. Este es un mundo impoluto, no tienen derecho a estropearlo. Que se queden en su mundo. No me interesan sus enfermedades ni cómo curarlas. Ellos sabrán por qué las tienen. Es culpa suya. Ellos tienen la culpa de todos nuestros males. Nosotros somos los buenos, los sanos. Ellos son los malos, los enfermos. Ellos matan, nosotros no. Nosotros vivimos como ha de vivirse. Ellos no. Me molestan, me irritan, no me dejan vivir en paz.
No les dejéis subir a nuestro tren. No. No les dejéis.
jueves, 16 de septiembre de 2004
El despertar
Nadie supo explicar lo que había ocurrido. Nadie podía imaginar lo que ocurriría. El hecho es que al principio, en los primeros minutos, todo siguió su curso como si nada hubiera cambiado.
Cada cual inició su jornada como cada día, aún intuyendo que algo extraño estaba ocurriendo. Los más inquietos encendieron la radio, o la tele, consultaron Internet y llamaron por teléfono a sus más allegados. Poco a poco corría el rumor y al cabo de una hora todas las líneas estaban saturadas y la comunicación se había vuelto imposible. En sus puestos de trabajo todos estaban parados, inmovilizados.
En la otra mitad del planeta todos dormían, todavía ajenos a la nueva situación. Sus gobiernos, ellos sí, fueron alertados por los que ya habían despertado y se empezaban a reunir con carácter de urgencia. Pronto, también en el lado dormido sonaron los teléfonos hasta que sus líneas, a su vez se saturaron. Casi al mismo tiempo, las centrales eléctricas llegaron a su máxima potencia y empezó a fallar el suministro. Una tras otra las poblaciones de ambos hemisferios se quedaron sin luz eléctrica.
Las calles de las ciudades empezaron a llenarse de gentío. En las calzadas interminables hileras de coches esperaban, parados y con las puertas abiertas a que los semáforos se volvieran a encender. En el campo, unos salían de sus casas llenos de preguntas, y otros se paraban en cualquier sitio, asustados por la inconcebible respuesta que ofrecen siempre las evidencias. Al cabo de dos horas el mundo entero estaba despierto y se había convertido en un hormiguero palpitante, crispado y acongojado. Era necesaria una comunicación que, se intuía, no iba a llegar. Al cabo de tres horas los gobiernos del mundo, asesorados por sus comités científicos, confirmaban una noticia que por falta de suministro eléctrico no podían hacer llegar a sus pueblos: el Sol se había apagado.
Cada cual inició su jornada como cada día, aún intuyendo que algo extraño estaba ocurriendo. Los más inquietos encendieron la radio, o la tele, consultaron Internet y llamaron por teléfono a sus más allegados. Poco a poco corría el rumor y al cabo de una hora todas las líneas estaban saturadas y la comunicación se había vuelto imposible. En sus puestos de trabajo todos estaban parados, inmovilizados.
En la otra mitad del planeta todos dormían, todavía ajenos a la nueva situación. Sus gobiernos, ellos sí, fueron alertados por los que ya habían despertado y se empezaban a reunir con carácter de urgencia. Pronto, también en el lado dormido sonaron los teléfonos hasta que sus líneas, a su vez se saturaron. Casi al mismo tiempo, las centrales eléctricas llegaron a su máxima potencia y empezó a fallar el suministro. Una tras otra las poblaciones de ambos hemisferios se quedaron sin luz eléctrica.
Las calles de las ciudades empezaron a llenarse de gentío. En las calzadas interminables hileras de coches esperaban, parados y con las puertas abiertas a que los semáforos se volvieran a encender. En el campo, unos salían de sus casas llenos de preguntas, y otros se paraban en cualquier sitio, asustados por la inconcebible respuesta que ofrecen siempre las evidencias. Al cabo de dos horas el mundo entero estaba despierto y se había convertido en un hormiguero palpitante, crispado y acongojado. Era necesaria una comunicación que, se intuía, no iba a llegar. Al cabo de tres horas los gobiernos del mundo, asesorados por sus comités científicos, confirmaban una noticia que por falta de suministro eléctrico no podían hacer llegar a sus pueblos: el Sol se había apagado.
martes, 10 de agosto de 2004
Solo mía
Yo llevaba varios días sospechando algo. Ella estaba inquieta, algo menos receptiva que de costumbre, algo malhumorada. No sé, cuando una relación es de confianza, estas cosas se notan. Así es que esa noche me mantuve despierto y me hice el dormido para ver si ocurría algo extraño. Cuando acababa de sonar la medianoche en el campanario la sentí moviéndose. Seguí escuchando atento para confirmar que se había despertado. Afuera los perros aullaban levemente, como cuando reconocen a alguien o esperan que les des de comer.
Bajé de la cama y abrí el armero. Saqué la repetidora y cargué tres cartuchos del 15 casi sin hacer ruido. Cogí una linterna de mano. Nunca cierro con llave, en el pueblo no hace falta, así es que entorné el puño de la puerta despacio, muy despacio y la abrí con mucho cuidado.
Crucé el patio de puntillas hacia el establo. De espaldas a la pared y con la escopeta empuñada y cruzada fui acercándome a la puerta de madera. Es una puerta de dos cuerpos. El de abajo estaba cerrado. El otro me permitía ver el interior. Oí unos jadeos, al principio casi imperceptibles, pero crecientes por momentos, irregulares, rítmicos de pronto. Sin duda era un hombre. El pecho me empezó a bombear. Apenas había luna y no distinguía las formas. Me crucé algo más para asomar la cabeza y entonces los vi. El corazón se me partió en dos. No podía creerlo. Enrique, el de la Hortensia de Cuco, el hijo del panadero, estaba ahí, de pie, con los pantalones bajados. Delante de él, ella, se dejaba hacer. Entonces lo entendí todo, sus desaires, su mala cara, su falta de apetito. Me llené de ira, las venas se me hincharon. Me puse la escopeta al hombro y sujeté la linterna con la mano izquierda, junto al cañón. Encendí la linterna. ?Bastardo, hijo de puta? le dije, ?hacerme esto a mí?, y le descerrajé los dos cartuchos y el de la recámara. Entiéndalo señor Juez, me llevó la furia, no pude soportar la imagen. Nadie tiene derecho a hacerme eso. Esa mula es mía, mía y solo mía.
Bajé de la cama y abrí el armero. Saqué la repetidora y cargué tres cartuchos del 15 casi sin hacer ruido. Cogí una linterna de mano. Nunca cierro con llave, en el pueblo no hace falta, así es que entorné el puño de la puerta despacio, muy despacio y la abrí con mucho cuidado.
Crucé el patio de puntillas hacia el establo. De espaldas a la pared y con la escopeta empuñada y cruzada fui acercándome a la puerta de madera. Es una puerta de dos cuerpos. El de abajo estaba cerrado. El otro me permitía ver el interior. Oí unos jadeos, al principio casi imperceptibles, pero crecientes por momentos, irregulares, rítmicos de pronto. Sin duda era un hombre. El pecho me empezó a bombear. Apenas había luna y no distinguía las formas. Me crucé algo más para asomar la cabeza y entonces los vi. El corazón se me partió en dos. No podía creerlo. Enrique, el de la Hortensia de Cuco, el hijo del panadero, estaba ahí, de pie, con los pantalones bajados. Delante de él, ella, se dejaba hacer. Entonces lo entendí todo, sus desaires, su mala cara, su falta de apetito. Me llené de ira, las venas se me hincharon. Me puse la escopeta al hombro y sujeté la linterna con la mano izquierda, junto al cañón. Encendí la linterna. ?Bastardo, hijo de puta? le dije, ?hacerme esto a mí?, y le descerrajé los dos cartuchos y el de la recámara. Entiéndalo señor Juez, me llevó la furia, no pude soportar la imagen. Nadie tiene derecho a hacerme eso. Esa mula es mía, mía y solo mía.
miércoles, 23 de junio de 2004
Palabra
Palabra de honor, mi palabra, no tiene palabra, palabra del Señor, sin palabras, palabra. No nos damos cuenta de su importancia, y sin embargo, como con todo, no caemos en ella hasta que nos falta, o hasta que ha sido mal dicha, o se ha dicho en un mal momento, o no queríamos escucharla, o nos ha llenado, o nos ha vaciado.
Dicen que la mejor comunicación es la que no necesita palabras; la palabra es equívoca. Hay quien colecciona palabras y dice preferir unas a otras. Unos adoran la palabra almorrana. Y otros adoran la palabra sinestesia. Y aún otros adoran la palabra somos o No o Sí.
El verbo se hizo carne y la carne sangró hasta gritar su nombre. Por la boca muere el pez, en boca cerrada no entran moscas, si no tienes nada que decir, no digas nada coño, no digas. La palabra más dolorosa es la que no se pronuncia, porque está viva, porque nos tapa la boca. No hay palabra que exprese más que el silencio. ?Silencio ¡Silencio he dicho!?.
Sin palabras no daríamos nombres a las cosas, ni a las personas, ni las meteríamos en un saco, ni en tablas con números a un lado, ni las escribiríamos en una tarjeta de plástico. ?No, no quiero saber tu nombre?.
La palabra nos ha hecho como somos. Este es un mundo de palabras, de ellas. Se puede vivir al margen. Se le puede hacer la guerra. Revolución. Silencio.
Dicen que la mejor comunicación es la que no necesita palabras; la palabra es equívoca. Hay quien colecciona palabras y dice preferir unas a otras. Unos adoran la palabra almorrana. Y otros adoran la palabra sinestesia. Y aún otros adoran la palabra somos o No o Sí.
El verbo se hizo carne y la carne sangró hasta gritar su nombre. Por la boca muere el pez, en boca cerrada no entran moscas, si no tienes nada que decir, no digas nada coño, no digas. La palabra más dolorosa es la que no se pronuncia, porque está viva, porque nos tapa la boca. No hay palabra que exprese más que el silencio. ?Silencio ¡Silencio he dicho!?.
Sin palabras no daríamos nombres a las cosas, ni a las personas, ni las meteríamos en un saco, ni en tablas con números a un lado, ni las escribiríamos en una tarjeta de plástico. ?No, no quiero saber tu nombre?.
La palabra nos ha hecho como somos. Este es un mundo de palabras, de ellas. Se puede vivir al margen. Se le puede hacer la guerra. Revolución. Silencio.
viernes, 18 de junio de 2004
SANTIAGO
Hay lugares donde nunca nada es convencional. Sea por su gente, o sus olores, por lo que ocurre en ellos o por lo que ha ocurrido. Me di cuenta de eso en cuanto llegué a Santiago de Compostela.
Para empezar subí en un taxi que me llevó del aeropuerto al hotel a velocidad de rallye. El conductor tenía al menos 12 tics, no paraba de hablar y no dejaba de lamentarse de su situación, la de su sector y la de su ciudad ?¿Mentiendes??. En 10 minutos tuve tiempo para confirmar todos mis prejuicios sobre los taxistas, los gallegos y cómo no, los cocainómanos.
Después de soltar el equipaje me senté a comer. Pedí un filete de ternera pensando que tendría suficiente para pasar el mediodía tardío que marcaba las 4 de la tarde. Cuando ví 1/4 de vaca sobre mi plato me sentí como un extraterrestre. Obviamente me lo zampé y di gracias a Dios por no haber muerto antes ni en el avión, ni en el taxi. Definitivamente y antes de empezar pude confirmar que la influencia del Apóstol Santiago sobre la ciudad era indiscutible.
Ocurrió que mi estancia en la ciudad del Peregrino se debía a trabajo. Representaba a mi empresa en una feria sectorial. O más bien circo de monos con traje y corbata. Cuando llegué al ferial, nada ni nadie estaba donde tenía que estar. Lo que entonces no sabía es que eso no mejoraría sino que se contagiaría a los propios participantes, que inoculados por el caos circundante acabarían por perder los papeles uno trás otro. Lo que siguió a esto en los dos siguientes días no merece mas que una recomendación: visitar la sección de cuadros de Dalí reunidos en el Museo de Arte Contemporáneo Reina Sofía de Madrid; siempre es mejor seguir creyendo que el Surrealismo existe sólo en los cuadros y no fuera de ellos.
Pero de nuevo y para hacer aún más extraordinaria Santiago, mi compañero de camino, él, estaba ahí. En mi primer contacto con la ciudad, en la tarde siguiente a los primeros fastos, encontré una Catedral cuyos techos tocan el cielo y cuyos aledaños están poblados de tascas, bares, restaurantes, tuburios, pastelerías, licorerías, librerías, malabaristas, turistas, gaiteros, pedigüeños, hippies, turistas, monjas con prisa, curas tranquilos, peregrinos, ?imsersos?, niños en grupo, más monjas, estudiantes, taxistas, policías, ?erasmus?, más monjitas y en medio de todos, Santiago. De nuevo, Santiago.
Era tarde y no vi el momento para ir a ver al Apóstol en el interior de sus muros. Dejé pronto de mirar para dedicarme al sano ejercicio de beberme una cerveza de dos tragos y sentarme a cenar. Productos de la tierra. También tocados por la mano de Dios. No cabe duda.
Al día siguiente, que yo esperaba más tranquilo, Santiago decidió abrirme las puertas del Averno para verlo de cerca. Dicen algunos, pintan más bien, que el infierno es un lugar donde el mal se manifiesta sólo en la confusión permanente. El loco, perdido en su locura, y consciente de ello, se busca eternamente sin encontrarse nunca. Una y otra vez hace de nuevo el camino sin verlo, sin encontrar el final, sin llegar nunca al lugar donde le espera la paz del encuentro. La verdadera locura es un desencuentro sin solución.Visto lo que estaba ocurriendo no pude más que pensar que sería voluntad del Apóstol y agarrado a mi bastón moral recorrí sus caminos hasta el final.
Lo que sucedió después no era más que el cumplimiento de los designios, los que uno ve y uno escucha; los que el Apóstol da a quien los quiere recibir. Tras cerrar detrás de mí las puertas del mismísimo infierno y dejar encerrados en él a los pobres diablos que en él erraban, me dirijí raudo y veloz a abrazar a Santiago.
Esperaba encontrármelo en la puerta de su casa para darme la bienvenida. Y de algún modo así lo encontré, aún sin saberlo. Se oficiaba misa de 6. El templo estaba lleno pero en silencio. La voz del orador resonaba rotunda. Sus palabras hablaban del hombre y la mujer, del niño y el anciano. Sus palabras hablaban de mi y de ti. Parado detrás del público contemplé los arcos y columnas de la Catedral. Empecé a caminar tranquilo por sus naves. Admiré la capacidad de contemplación de los presentes, sus ojos, encontrándose, con él, conmigo, con ellos.
Sin embargo, entre todos, aún no habia encontrado a quién buscaba. De modo que decidí salir de nuevo. Rodeé los extramuros de la Catedral y donde menos esperaba encontré una puerta con un cartel, más bien vulgar, más bien comercial, más bien de turista de bateau-mouche o japonés de Las Ventas. Jubileo. Lo seguí porque la curiosidad siempre me ha dado la vida aunque primero me haya matado. Pasé por un corredor oscuro y bajé algunos escalones. Crucé un arco de piedra y al doblar una esquina volví a estar de nuevo dentro del templo. Por haber presenciado antes parte de la ceremonia intuí que había llegado en un buen momento.
Sin tiempo para reflexionar sobre ello un coro de voces invadió la Catedral. Enfrente de mi podía ver el rostro atento de los asistentes. Entre ellos y yo se erguía, solo y de espaldas a mí, el oficiante. Y aún entre él y yo, también de espaldas, Santiago. Lo había encontrado. Subí unos escalones y apoyé mi mano sobre su espalda. ?He llegado. Y estoy solo?. Doce monjes con hábito tiraban en ese momento de un cordelaje que sujetaba, desde una arandela colgada a 20 metros de altura, una urna de plata llena de incienso y brasas. El Botafumeiro.
A estas alturas no nos vamos a engañar, nada hay que ocultar. Soy creyente, sí, lo soy. Pero aún no siéndolo me hubiera emocionado como entonces. Hay algo mágico en ese lugar. Hay algo que nos dice que ese es el lugar con mayúsculas, que ese lugar está en nuestro interior y que a menudo nos olvidamos de él, ni lo buscamos, ni lo encontramos y preferimos zambullirnos en nuestra locura sin fin. No hay Dios más grande que el que llevamos dentro. No hay lugar más extenso ni más difícil de recorrer que nuestro interior. Pero sólo en él nos encontramos. Solo en él SOMOS. Tras eso, nada había que buscar; volví a mirar hacia todos los sitios y en todos me encontré.
Aeropuerto de Santiago, 17 de junio de 2004, Año Jubileo.
Nota:1/2 hora después de escribir esta reflexión, el vuelo de vuelta a casa se abortó justo antes de despegar de pista y tuve que cambiar de avión con un retraso total de 3 horas. Las alas del segundo avión temblaban como la hojarasca. ?Santiago, tendrás que reconocer que eres un cachondo, ¿o no??.
Para empezar subí en un taxi que me llevó del aeropuerto al hotel a velocidad de rallye. El conductor tenía al menos 12 tics, no paraba de hablar y no dejaba de lamentarse de su situación, la de su sector y la de su ciudad ?¿Mentiendes??. En 10 minutos tuve tiempo para confirmar todos mis prejuicios sobre los taxistas, los gallegos y cómo no, los cocainómanos.
Después de soltar el equipaje me senté a comer. Pedí un filete de ternera pensando que tendría suficiente para pasar el mediodía tardío que marcaba las 4 de la tarde. Cuando ví 1/4 de vaca sobre mi plato me sentí como un extraterrestre. Obviamente me lo zampé y di gracias a Dios por no haber muerto antes ni en el avión, ni en el taxi. Definitivamente y antes de empezar pude confirmar que la influencia del Apóstol Santiago sobre la ciudad era indiscutible.
Ocurrió que mi estancia en la ciudad del Peregrino se debía a trabajo. Representaba a mi empresa en una feria sectorial. O más bien circo de monos con traje y corbata. Cuando llegué al ferial, nada ni nadie estaba donde tenía que estar. Lo que entonces no sabía es que eso no mejoraría sino que se contagiaría a los propios participantes, que inoculados por el caos circundante acabarían por perder los papeles uno trás otro. Lo que siguió a esto en los dos siguientes días no merece mas que una recomendación: visitar la sección de cuadros de Dalí reunidos en el Museo de Arte Contemporáneo Reina Sofía de Madrid; siempre es mejor seguir creyendo que el Surrealismo existe sólo en los cuadros y no fuera de ellos.
Pero de nuevo y para hacer aún más extraordinaria Santiago, mi compañero de camino, él, estaba ahí. En mi primer contacto con la ciudad, en la tarde siguiente a los primeros fastos, encontré una Catedral cuyos techos tocan el cielo y cuyos aledaños están poblados de tascas, bares, restaurantes, tuburios, pastelerías, licorerías, librerías, malabaristas, turistas, gaiteros, pedigüeños, hippies, turistas, monjas con prisa, curas tranquilos, peregrinos, ?imsersos?, niños en grupo, más monjas, estudiantes, taxistas, policías, ?erasmus?, más monjitas y en medio de todos, Santiago. De nuevo, Santiago.
Era tarde y no vi el momento para ir a ver al Apóstol en el interior de sus muros. Dejé pronto de mirar para dedicarme al sano ejercicio de beberme una cerveza de dos tragos y sentarme a cenar. Productos de la tierra. También tocados por la mano de Dios. No cabe duda.
Al día siguiente, que yo esperaba más tranquilo, Santiago decidió abrirme las puertas del Averno para verlo de cerca. Dicen algunos, pintan más bien, que el infierno es un lugar donde el mal se manifiesta sólo en la confusión permanente. El loco, perdido en su locura, y consciente de ello, se busca eternamente sin encontrarse nunca. Una y otra vez hace de nuevo el camino sin verlo, sin encontrar el final, sin llegar nunca al lugar donde le espera la paz del encuentro. La verdadera locura es un desencuentro sin solución.Visto lo que estaba ocurriendo no pude más que pensar que sería voluntad del Apóstol y agarrado a mi bastón moral recorrí sus caminos hasta el final.
Lo que sucedió después no era más que el cumplimiento de los designios, los que uno ve y uno escucha; los que el Apóstol da a quien los quiere recibir. Tras cerrar detrás de mí las puertas del mismísimo infierno y dejar encerrados en él a los pobres diablos que en él erraban, me dirijí raudo y veloz a abrazar a Santiago.
Esperaba encontrármelo en la puerta de su casa para darme la bienvenida. Y de algún modo así lo encontré, aún sin saberlo. Se oficiaba misa de 6. El templo estaba lleno pero en silencio. La voz del orador resonaba rotunda. Sus palabras hablaban del hombre y la mujer, del niño y el anciano. Sus palabras hablaban de mi y de ti. Parado detrás del público contemplé los arcos y columnas de la Catedral. Empecé a caminar tranquilo por sus naves. Admiré la capacidad de contemplación de los presentes, sus ojos, encontrándose, con él, conmigo, con ellos.
Sin embargo, entre todos, aún no habia encontrado a quién buscaba. De modo que decidí salir de nuevo. Rodeé los extramuros de la Catedral y donde menos esperaba encontré una puerta con un cartel, más bien vulgar, más bien comercial, más bien de turista de bateau-mouche o japonés de Las Ventas. Jubileo. Lo seguí porque la curiosidad siempre me ha dado la vida aunque primero me haya matado. Pasé por un corredor oscuro y bajé algunos escalones. Crucé un arco de piedra y al doblar una esquina volví a estar de nuevo dentro del templo. Por haber presenciado antes parte de la ceremonia intuí que había llegado en un buen momento.
Sin tiempo para reflexionar sobre ello un coro de voces invadió la Catedral. Enfrente de mi podía ver el rostro atento de los asistentes. Entre ellos y yo se erguía, solo y de espaldas a mí, el oficiante. Y aún entre él y yo, también de espaldas, Santiago. Lo había encontrado. Subí unos escalones y apoyé mi mano sobre su espalda. ?He llegado. Y estoy solo?. Doce monjes con hábito tiraban en ese momento de un cordelaje que sujetaba, desde una arandela colgada a 20 metros de altura, una urna de plata llena de incienso y brasas. El Botafumeiro.
A estas alturas no nos vamos a engañar, nada hay que ocultar. Soy creyente, sí, lo soy. Pero aún no siéndolo me hubiera emocionado como entonces. Hay algo mágico en ese lugar. Hay algo que nos dice que ese es el lugar con mayúsculas, que ese lugar está en nuestro interior y que a menudo nos olvidamos de él, ni lo buscamos, ni lo encontramos y preferimos zambullirnos en nuestra locura sin fin. No hay Dios más grande que el que llevamos dentro. No hay lugar más extenso ni más difícil de recorrer que nuestro interior. Pero sólo en él nos encontramos. Solo en él SOMOS. Tras eso, nada había que buscar; volví a mirar hacia todos los sitios y en todos me encontré.
Aeropuerto de Santiago, 17 de junio de 2004, Año Jubileo.
Nota:1/2 hora después de escribir esta reflexión, el vuelo de vuelta a casa se abortó justo antes de despegar de pista y tuve que cambiar de avión con un retraso total de 3 horas. Las alas del segundo avión temblaban como la hojarasca. ?Santiago, tendrás que reconocer que eres un cachondo, ¿o no??.
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