Llevo varios días buscándome en vano. Siento que no estoy, que no sé por qué ni dónde ni cómo ni por qué. A veces pienso que despertaré y me encontraré y ya no estaré. Entonces no necesitaré saber dónde ni cómo ni por qué.
Mientras tanto miro a los que me rodean como si nunca los hubiera visto, como si nunca los fuera a volver a ver. Mientras tanto nada necesita una respuesta y nada lo es. Mientras tanto oigo cantar a las ranas a 10 metros de mi terraza anunciando la llegada de la primavera y mis lágrimas se mezclan con la sopa que me como sin ganas y miro la tele sin verla. Mientras tanto me levanto por las mañanas y me abrazo a un cuerpo, a un alma para sentir que estoy aquí y no en aquel vagón que explotó en mil pedazos la otra mañana. Mientras tanto me desvelo a media noche y apago la pesadilla por un momento, me levanto, meo y siento que no estoy soñando, y vuelvo a la cama rogando por no volver a soñar.
Si no despierto nunca es que sigo aquí. No me preguntéis ni dónde, ni cómo ni porqué. Yo tampoco lo sé. Ni yo, ni nadie. Y qué.
martes, 16 de marzo de 2004
jueves, 26 de febrero de 2004
Un mal día
Desde que empezó el día supe que hasta que este acabara mi estómago le ganaría la partida a mi cabeza. Así es que no reparé en vomitar en cada esquina, mearme en cada árbol, escupir en cada vitrina e insultar a cada mosca que me importunara.
Que se cruzaba una lata vacía por el camino ... patada que te arreo, que si pudiera te mandaría a la luna soputa. Que alguien me miraba de reojo ... que te la estás jugando mamón, apártate de mi vista anda inconsciente. Que alguien me preguntaba un por qué ... pues porque me sale de los cojones, coño ya está bien de tanto joder.
Quiso el destino que una pobre desgraciada, alma desde luego harto desamparada por la divina providencia, cayera tan desafortunado día en mis manos. Pobre saco de mierda con patas. No hubo suficientes improperios para definirla. Toda la ira de Dios cayó sobre ella y en sus tumbas sus descendientes se removieron de espanto. Y que a gusto me quedé. Que la jodan. Seguro que hizo algo para merecerlo, aunque solo sea haberse dejado en casa la intuición que la vida da a toda persona que se digne de serlo al nacer. Pues no haberlo olvidado. A tomar por el culo.
Y tú que miras. Si de vez en cuando escribieras una sarta de verdades con pintas no irías por ahí pagándola con cualquiera, y menos aún con quien más quieres, que siempre es el primero en cobrar. Yo al menos me desahogo, o qué creías que era un puto ser pacífico como yo. La mierda siempre sale por algún lado, y siempre será mejor que solo se estampe contra un papel en blanco. Mejor que solo salpique la pantalla de un ordenador. Que luego esas manchas no se quitan hombre. Eso no se hace. Es de mal gusto.
Ahora puedo sentarme tranquilamente a deleitarme en la contemplación de mi mismo. Ahora puedo dormir y soñar que mañana será mejor día, que nadie me hará desearle la muerte, que nada alterará mi santa paciencia, que no tendré que pronunciar una palabra más alta que otra y que no desearé de nuevo no haber nacido para tener días como el que he tenido hoy. Por dios qué alivio.
Que se cruzaba una lata vacía por el camino ... patada que te arreo, que si pudiera te mandaría a la luna soputa. Que alguien me miraba de reojo ... que te la estás jugando mamón, apártate de mi vista anda inconsciente. Que alguien me preguntaba un por qué ... pues porque me sale de los cojones, coño ya está bien de tanto joder.
Quiso el destino que una pobre desgraciada, alma desde luego harto desamparada por la divina providencia, cayera tan desafortunado día en mis manos. Pobre saco de mierda con patas. No hubo suficientes improperios para definirla. Toda la ira de Dios cayó sobre ella y en sus tumbas sus descendientes se removieron de espanto. Y que a gusto me quedé. Que la jodan. Seguro que hizo algo para merecerlo, aunque solo sea haberse dejado en casa la intuición que la vida da a toda persona que se digne de serlo al nacer. Pues no haberlo olvidado. A tomar por el culo.
Y tú que miras. Si de vez en cuando escribieras una sarta de verdades con pintas no irías por ahí pagándola con cualquiera, y menos aún con quien más quieres, que siempre es el primero en cobrar. Yo al menos me desahogo, o qué creías que era un puto ser pacífico como yo. La mierda siempre sale por algún lado, y siempre será mejor que solo se estampe contra un papel en blanco. Mejor que solo salpique la pantalla de un ordenador. Que luego esas manchas no se quitan hombre. Eso no se hace. Es de mal gusto.
Ahora puedo sentarme tranquilamente a deleitarme en la contemplación de mi mismo. Ahora puedo dormir y soñar que mañana será mejor día, que nadie me hará desearle la muerte, que nada alterará mi santa paciencia, que no tendré que pronunciar una palabra más alta que otra y que no desearé de nuevo no haber nacido para tener días como el que he tenido hoy. Por dios qué alivio.
lunes, 9 de febrero de 2004
La casa junto a la vía de tren
A unos cientos de metros de mi casa se levanta un edificio singular, intrigante, solitario. Por las mañanas cuando subo la calle que me lleva a la parada del autobús para ir a la oficina, veo el tejado del edificio recortándose en el cielo expectante y luminoso del amanecer; observo cómo se despuntan las argollas puntiagudas y blancas que adornan sus esquinas de ladrillo, y en lo alto las bolas que los rematan. A medida que camino veo despuntar su estructura y cuando llego a lo alto de la calle, antes de torcer hacia la derecha, puedo contemplarlo entero, fulgente por las primeras luces del día. Entre él y yo solo hay un pequeño parque lineal y una avenida. A su izquierda se levanta una capilla monumental, mucho más alta, compuesta de una capilla y una torre puntiaguda. Sobre el tejado de la capilla reposa la escultura blanca de un enorme ángel sentado. Por aquí se dice que el día del Juicio final ese ángel se levantará y tocará la trompeta que sujeta sobre sus rodillas para anunciar el Apocalipsis.
Había visto muchas veces esa casa de ladrillo, con su tejado a 6 aguas, su planta de cruz ajedrezada, y sus persianas batientes de madera, siempre cerradas. La había visto, y sin embargo no le había prestado atención. Sin embargo, desde hace unos días, siempre subo la misma calle para llegar hasta la parada del parque. En mi mente embotada una imagen me persigue. He buscado la imagen de una casa solitaria, blanca, con un tejado oscuro entre la maraña de Internet. Recordaba el nombre de Hopper, Edward, un americano que pintó sin piedad. En sus cuadros las líneas son oscuras y los contrastes fríos. En sus cuadros no hay vida y las personas son objetos. Objetos de nadie. No hay movimiento en sus imágenes. Pero son reales. Muy reales. Tan reales como ese edificio, una casa en la que deben habitar personas, aunque no se vean.
A unos metros, se levanta una enorme y larga verja negra, rematada con unos portones neorománticos monumentales. Detrás todo son pinos. Y tumbas. Detrás, se extiende La Almudena, el cementerio más poblado de Europa. Y guarda su puerta un edificio casi idéntico al retratado por Edward Hopper, “La casa junto a la vía de Tren”.
Nota: “La casa junto a la vía de tren” fue pintado por Edward Hopper en 1925. Puede verse expuesto en el Museo de Arte Moderno (MOMA) de Nueva York. Dicen las malas lenguas que Alfred Hitchcock se inspiró en él para crear la mansión de su obra maestra, “Psicosis”.
Había visto muchas veces esa casa de ladrillo, con su tejado a 6 aguas, su planta de cruz ajedrezada, y sus persianas batientes de madera, siempre cerradas. La había visto, y sin embargo no le había prestado atención. Sin embargo, desde hace unos días, siempre subo la misma calle para llegar hasta la parada del parque. En mi mente embotada una imagen me persigue. He buscado la imagen de una casa solitaria, blanca, con un tejado oscuro entre la maraña de Internet. Recordaba el nombre de Hopper, Edward, un americano que pintó sin piedad. En sus cuadros las líneas son oscuras y los contrastes fríos. En sus cuadros no hay vida y las personas son objetos. Objetos de nadie. No hay movimiento en sus imágenes. Pero son reales. Muy reales. Tan reales como ese edificio, una casa en la que deben habitar personas, aunque no se vean.
A unos metros, se levanta una enorme y larga verja negra, rematada con unos portones neorománticos monumentales. Detrás todo son pinos. Y tumbas. Detrás, se extiende La Almudena, el cementerio más poblado de Europa. Y guarda su puerta un edificio casi idéntico al retratado por Edward Hopper, “La casa junto a la vía de Tren”.
Nota: “La casa junto a la vía de tren” fue pintado por Edward Hopper en 1925. Puede verse expuesto en el Museo de Arte Moderno (MOMA) de Nueva York. Dicen las malas lenguas que Alfred Hitchcock se inspiró en él para crear la mansión de su obra maestra, “Psicosis”.
jueves, 15 de enero de 2004
El gesto
Esta mañana al salir a la calle, noté que algo había cambiado. Al abrir la puerta la sensación fue apenas perceptible, pero a cada paso se iba acrecentando. De pronto el cielo era más azul, y las ramas de los árboles, desnudadas por el frío enero, destacaban más que otros días. Al pasar por el parque, camino del autobús, oí con claridad el gorgojeo de una paloma llamando a su pareja. Mientras esperaba el 15 para subir hacia la oficina, observé, sorprendido que sobre el borde de la mampara, había crecido una mata de musgo verde, casi fosforescente. Y ya en el autobús, me di cuenta de que el niño que estaba a mi lado tenía las mismas cejas curvadas que la mujer que sujetaba su mano.
Después de meditar y volver sobre mí mismo recordé que hoy estrenaba gafas nuevas. Entonces decidí que siempre llevaría encima mis antiguas gafas para ponérmelas cuando el mundo se me antojara borroso, angustioso, frustrante, enervante, faccioso, soso o castrante. Al ponérmelas recordaría de nuevo que a menudo un pequeño gesto puede cambiarlo todo.
Después de meditar y volver sobre mí mismo recordé que hoy estrenaba gafas nuevas. Entonces decidí que siempre llevaría encima mis antiguas gafas para ponérmelas cuando el mundo se me antojara borroso, angustioso, frustrante, enervante, faccioso, soso o castrante. Al ponérmelas recordaría de nuevo que a menudo un pequeño gesto puede cambiarlo todo.
miércoles, 7 de enero de 2004
La parada
Miró hacia arriba, giró la cabeza para que no le deslumbrara el sol y pidió la aguja a su compañera. Apretó el puño. Lo abrió. Apretó la goma en lo alto del brazo y la sujetó con los dientes. Golpeó la piel para encontrar una vena hábil.
Sentado a su lado alguien estaba preparando otra dosis. Hacía frío. Estaban sentados en una loma de césped, entre pinos jóvenes. Más abajo nueve carriles de coches llenaban el aire de ruido hacia todas partes. Detrás la gente hacía la compra en el supermercado. Víspera de Reyes.
Cogió la aguja y la acercó a la parte interna del brazo izquierdo. Empujó levemente el émbolo y unas gotas calientes le salpicaron la mano. Acercó la aguja y la introdujo lentamente. Empujó el metal. Ahora los tres miraban lo mismo. A 20 metros de ahí y casi a la misma altura, sobre un puente de hormigón, una pareja que paseaba les observó distraídos. Se miraron. Bajaron la mirada. Siguieron su camino.
Levantó el émbolo y su sangre se mezcló en el cilindro de la jeringuilla. Volvió a empujar el émbolo. Observó la sustancia consumiéndose e invadiendo su cuerpo. Empujó otro poco. Otro poco. Otro. Poco. Nada.
Por un instante no hubo más ruido, ni más césped, ni puente, ni pareja, ni supermercado, ni droga, ni Reyes Magos, ni aguja, ni sol, ni sangre, ni nadie, ni nada. Después todo volvió a su sitio. De golpe. Había que salir corriendo de nuevo: sólo eso, correr. Hasta la siguiente parada.
Sentado a su lado alguien estaba preparando otra dosis. Hacía frío. Estaban sentados en una loma de césped, entre pinos jóvenes. Más abajo nueve carriles de coches llenaban el aire de ruido hacia todas partes. Detrás la gente hacía la compra en el supermercado. Víspera de Reyes.
Cogió la aguja y la acercó a la parte interna del brazo izquierdo. Empujó levemente el émbolo y unas gotas calientes le salpicaron la mano. Acercó la aguja y la introdujo lentamente. Empujó el metal. Ahora los tres miraban lo mismo. A 20 metros de ahí y casi a la misma altura, sobre un puente de hormigón, una pareja que paseaba les observó distraídos. Se miraron. Bajaron la mirada. Siguieron su camino.
Levantó el émbolo y su sangre se mezcló en el cilindro de la jeringuilla. Volvió a empujar el émbolo. Observó la sustancia consumiéndose e invadiendo su cuerpo. Empujó otro poco. Otro poco. Otro. Poco. Nada.
Por un instante no hubo más ruido, ni más césped, ni puente, ni pareja, ni supermercado, ni droga, ni Reyes Magos, ni aguja, ni sol, ni sangre, ni nadie, ni nada. Después todo volvió a su sitio. De golpe. Había que salir corriendo de nuevo: sólo eso, correr. Hasta la siguiente parada.
viernes, 12 de diciembre de 2003
Nada que decidir (12/12/2003)
Ese día cuando despertó cayó en la cuenta de que no tendría que preocuparse por hacerse el desayuno. Estaba hecho. Tampoco tendría que decidir qué ropa ponerse. No tendría que comprar la comida, ni hacerla, ni fregar los platos. Ese día no tendría que preocuparse más de cómo pagar el alquiler del piso. Ni dónde ir. Ni en qué trabajar, ni pensar de dónde sacar dinero. Ese día no habría nada que decidir. Ni ese, ni al otro, ni al siguiente, ni en muchos días más.
Así, de este modo, mientras miraba al cielo a través de los barrotes, había entendido por primera vez qué quería decir la palabra libertad.
Javier López Recio
Ese día cuando despertó cayó en la cuenta de que no tendría que preocuparse por hacerse el desayuno. Estaba hecho. Tampoco tendría que decidir qué ropa ponerse. No tendría que comprar la comida, ni hacerla, ni fregar los platos. Ese día no tendría que preocuparse más de cómo pagar el alquiler del piso. Ni dónde ir. Ni en qué trabajar, ni pensar de dónde sacar dinero. Ese día no habría nada que decidir. Ni ese, ni al otro, ni al siguiente, ni en muchos días más.
Así, de este modo, mientras miraba al cielo a través de los barrotes, había entendido por primera vez qué quería decir la palabra libertad.
Javier López Recio
miércoles, 10 de diciembre de 2003
Carta a los Reyes Magos
Queridos Magos (Reyes),
Este año, por favor, devolvednos de una vez a Dios.
Y este año, por favor, no nos valen excusas del tipo “se esconde en Afganistán, o en Bagdad, o en Tumbuctú”. Ya está bien, después de 2004 años, podríais soltarlo ya.
¿O es que váis a creer que nos hemos tragado la bola esa de Jesucristo? Por favor, si era un pobre hombre que no se movía por no matar los ácaros que le rodeaban, no hacía mas que dar pan y recibir hostias y encima acabó clavado en un madero, labrado por él mismo a los 33 años ¡Y virgen! Eso no se hace.
¿Dónde está ese Dios del que hablan las escrituras que nos liberaía del mal? ¿Dónde escondéis a ese espíritu que nos infundiría fuerza para amar siempre y sin límites, para no ser egoístas, para no ser desconfiados? ¿Dónde están sus palabras, que nos iban a convertir en niños, dichosos para siempre en nuestra inocencia? ¿Qué habéis hecho con él,desgraciados?
No queremos más turrones que nos rompen los dientes, ni queremos más cenas indigestas, ni queremos ver más niños hambrientos en la televisión. No queremos más Navidades en las que tener que recordar lo que pudo ser y no ha sido.
No os queremos, señores, queridos, estimadísimos Reyes Magos, jodidos embusteros. Queremos el mundo nuevo que se nos prometió. Queremos un poco de paz, coño, no era tan difícil dejar a Dios en su cuna y no cambiarlo por un infeliz.
Así es que por favor, Melchor, Gaspar y Baltasar, abdiquen este año y dejen reinar a Dios. Dejad que reine el amor.
Javier López Recio
Queridos Magos (Reyes),
Este año, por favor, devolvednos de una vez a Dios.
Y este año, por favor, no nos valen excusas del tipo “se esconde en Afganistán, o en Bagdad, o en Tumbuctú”. Ya está bien, después de 2004 años, podríais soltarlo ya.
¿O es que váis a creer que nos hemos tragado la bola esa de Jesucristo? Por favor, si era un pobre hombre que no se movía por no matar los ácaros que le rodeaban, no hacía mas que dar pan y recibir hostias y encima acabó clavado en un madero, labrado por él mismo a los 33 años ¡Y virgen! Eso no se hace.
¿Dónde está ese Dios del que hablan las escrituras que nos liberaía del mal? ¿Dónde escondéis a ese espíritu que nos infundiría fuerza para amar siempre y sin límites, para no ser egoístas, para no ser desconfiados? ¿Dónde están sus palabras, que nos iban a convertir en niños, dichosos para siempre en nuestra inocencia? ¿Qué habéis hecho con él,desgraciados?
No queremos más turrones que nos rompen los dientes, ni queremos más cenas indigestas, ni queremos ver más niños hambrientos en la televisión. No queremos más Navidades en las que tener que recordar lo que pudo ser y no ha sido.
No os queremos, señores, queridos, estimadísimos Reyes Magos, jodidos embusteros. Queremos el mundo nuevo que se nos prometió. Queremos un poco de paz, coño, no era tan difícil dejar a Dios en su cuna y no cambiarlo por un infeliz.
Así es que por favor, Melchor, Gaspar y Baltasar, abdiquen este año y dejen reinar a Dios. Dejad que reine el amor.
Javier López Recio
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