Miró hacia arriba, giró la cabeza para que no le deslumbrara el sol y pidió la aguja a su compañera. Apretó el puño. Lo abrió. Apretó la goma en lo alto del brazo y la sujetó con los dientes. Golpeó la piel para encontrar una vena hábil.
Sentado a su lado alguien estaba preparando otra dosis. Hacía frío. Estaban sentados en una loma de césped, entre pinos jóvenes. Más abajo nueve carriles de coches llenaban el aire de ruido hacia todas partes. Detrás la gente hacía la compra en el supermercado. Víspera de Reyes.
Cogió la aguja y la acercó a la parte interna del brazo izquierdo. Empujó levemente el émbolo y unas gotas calientes le salpicaron la mano. Acercó la aguja y la introdujo lentamente. Empujó el metal. Ahora los tres miraban lo mismo. A 20 metros de ahí y casi a la misma altura, sobre un puente de hormigón, una pareja que paseaba les observó distraídos. Se miraron. Bajaron la mirada. Siguieron su camino.
Levantó el émbolo y su sangre se mezcló en el cilindro de la jeringuilla. Volvió a empujar el émbolo. Observó la sustancia consumiéndose e invadiendo su cuerpo. Empujó otro poco. Otro poco. Otro. Poco. Nada.
Por un instante no hubo más ruido, ni más césped, ni puente, ni pareja, ni supermercado, ni droga, ni Reyes Magos, ni aguja, ni sol, ni sangre, ni nadie, ni nada. Después todo volvió a su sitio. De golpe. Había que salir corriendo de nuevo: sólo eso, correr. Hasta la siguiente parada.
miércoles, 7 de enero de 2004
viernes, 12 de diciembre de 2003
Nada que decidir (12/12/2003)
Ese día cuando despertó cayó en la cuenta de que no tendría que preocuparse por hacerse el desayuno. Estaba hecho. Tampoco tendría que decidir qué ropa ponerse. No tendría que comprar la comida, ni hacerla, ni fregar los platos. Ese día no tendría que preocuparse más de cómo pagar el alquiler del piso. Ni dónde ir. Ni en qué trabajar, ni pensar de dónde sacar dinero. Ese día no habría nada que decidir. Ni ese, ni al otro, ni al siguiente, ni en muchos días más.
Así, de este modo, mientras miraba al cielo a través de los barrotes, había entendido por primera vez qué quería decir la palabra libertad.
Javier López Recio
Ese día cuando despertó cayó en la cuenta de que no tendría que preocuparse por hacerse el desayuno. Estaba hecho. Tampoco tendría que decidir qué ropa ponerse. No tendría que comprar la comida, ni hacerla, ni fregar los platos. Ese día no tendría que preocuparse más de cómo pagar el alquiler del piso. Ni dónde ir. Ni en qué trabajar, ni pensar de dónde sacar dinero. Ese día no habría nada que decidir. Ni ese, ni al otro, ni al siguiente, ni en muchos días más.
Así, de este modo, mientras miraba al cielo a través de los barrotes, había entendido por primera vez qué quería decir la palabra libertad.
Javier López Recio
miércoles, 10 de diciembre de 2003
Carta a los Reyes Magos
Queridos Magos (Reyes),
Este año, por favor, devolvednos de una vez a Dios.
Y este año, por favor, no nos valen excusas del tipo “se esconde en Afganistán, o en Bagdad, o en Tumbuctú”. Ya está bien, después de 2004 años, podríais soltarlo ya.
¿O es que váis a creer que nos hemos tragado la bola esa de Jesucristo? Por favor, si era un pobre hombre que no se movía por no matar los ácaros que le rodeaban, no hacía mas que dar pan y recibir hostias y encima acabó clavado en un madero, labrado por él mismo a los 33 años ¡Y virgen! Eso no se hace.
¿Dónde está ese Dios del que hablan las escrituras que nos liberaía del mal? ¿Dónde escondéis a ese espíritu que nos infundiría fuerza para amar siempre y sin límites, para no ser egoístas, para no ser desconfiados? ¿Dónde están sus palabras, que nos iban a convertir en niños, dichosos para siempre en nuestra inocencia? ¿Qué habéis hecho con él,desgraciados?
No queremos más turrones que nos rompen los dientes, ni queremos más cenas indigestas, ni queremos ver más niños hambrientos en la televisión. No queremos más Navidades en las que tener que recordar lo que pudo ser y no ha sido.
No os queremos, señores, queridos, estimadísimos Reyes Magos, jodidos embusteros. Queremos el mundo nuevo que se nos prometió. Queremos un poco de paz, coño, no era tan difícil dejar a Dios en su cuna y no cambiarlo por un infeliz.
Así es que por favor, Melchor, Gaspar y Baltasar, abdiquen este año y dejen reinar a Dios. Dejad que reine el amor.
Javier López Recio
Queridos Magos (Reyes),
Este año, por favor, devolvednos de una vez a Dios.
Y este año, por favor, no nos valen excusas del tipo “se esconde en Afganistán, o en Bagdad, o en Tumbuctú”. Ya está bien, después de 2004 años, podríais soltarlo ya.
¿O es que váis a creer que nos hemos tragado la bola esa de Jesucristo? Por favor, si era un pobre hombre que no se movía por no matar los ácaros que le rodeaban, no hacía mas que dar pan y recibir hostias y encima acabó clavado en un madero, labrado por él mismo a los 33 años ¡Y virgen! Eso no se hace.
¿Dónde está ese Dios del que hablan las escrituras que nos liberaía del mal? ¿Dónde escondéis a ese espíritu que nos infundiría fuerza para amar siempre y sin límites, para no ser egoístas, para no ser desconfiados? ¿Dónde están sus palabras, que nos iban a convertir en niños, dichosos para siempre en nuestra inocencia? ¿Qué habéis hecho con él,desgraciados?
No queremos más turrones que nos rompen los dientes, ni queremos más cenas indigestas, ni queremos ver más niños hambrientos en la televisión. No queremos más Navidades en las que tener que recordar lo que pudo ser y no ha sido.
No os queremos, señores, queridos, estimadísimos Reyes Magos, jodidos embusteros. Queremos el mundo nuevo que se nos prometió. Queremos un poco de paz, coño, no era tan difícil dejar a Dios en su cuna y no cambiarlo por un infeliz.
Así es que por favor, Melchor, Gaspar y Baltasar, abdiquen este año y dejen reinar a Dios. Dejad que reine el amor.
Javier López Recio
martes, 18 de noviembre de 2003
La muela
Cuando oyó abrirse la puerta creyó resucitar. “Pase doctor” dijo su mujer.
Al entrar, el practicante no levantó apenas la cabeza. Estaba acostumbrado a estos lances, y ya era insensible al dolor, por más atroz que fuera. Levantó su pesada bolsa de piel y la puso sobre la mesa que presidía la habitación, salón, cocina y dormitorio, la mesa de la casa. Afuera sonaba el bullicio del mercado, que ocupaba ese día la plaza, a apenas dos casas de allí. Por eso estaba el médico allí, en una casa; no se hubiera desplazado solo por un paciente. Los días de mercado sin embargo, se hacían perras por doquier, hasta de donde no las hubiera. Por eso.
Era un día oscuro y era una casa oscura. Un candil iluminaba la escena. El docto sacó unos fardos de pesadas herramientas envueltas en piel. Las posó sobre la mesa y desatando la cuerda los desenvolvió haciéndolos sonar ruidosamente. A su espalda el doliente se sujetaba la mandíbula. Ya no tenía cara, solo quedaba espanto. Hubiera dado una mano por acabar con el dolor. Durante días y noches, había sido un punzón que le horadaba la cabeza y le encogía el estómago, poseyéndole, pudiéndole. Temblando intentó sentarse sobre la cama en la que aún yacía. En su mano apretaba un pañuelo. Con la otra empuñaba un paño húmedo, que se acercaba al pómulo para intentar, en vano, recuperarlo para dormirlo.
El médico se dio la vuelta y de pie observó al enfermo. A un lado, la mujer de este se apoyó en la mesa mirándolos. “Veamos” dijo. Y vio. Vio unos ojos hundidos, suplicantes, rendidos; vio a alguien que le miraba desde abajo. “Abra la boca”. Acercó el candil y miró adentro fugazmente. Se llevó un pañuelo a la nariz para acercarse más. 30 años de boca le saludaron. Apestosos. Con todo, se dijo, era una buena dentadura. Hizo una pequeña mueca. “Tienes buenas piezas, hombre, algunos se han librado de morir de hambre vendiendo dientes peores”. “Tenemos hambre, replicó la mujer, pero seguiremos comiendo con los dientes que nos quedan, que el que no tenga se haga con alguien que le mastique lo que ha de comer, que no será con lo nuestro. Y cuando hayamos muerto, nos enterrarán con los que nos queden. Mientras, haga lo que ha venido a hacer y lo que quiera comprar búsquelo fuera”. “Haya paz” murmuró el convaleciente, “haga el favor de Dios y arránqueme lo que me está matando, que le pagaremos para que compre cuantos dientes quiera. Pero no espere más”.
El médico le hizo sentar sobre una silla. Sacó una botella de aguardiente y una copita de barro. Sirvió. Bebió. Volvió a servir y dio al enfermo. Ambos estaban fuertes. Más ampuloso el verdugo. De constitución fuerte el burel. “Usted agárrese a la silla. Usted, sujétele la frente por detrás, con la manos entrelazadas”. La mujer obedeció y le sujetó desde atrás. “Abra la boca”. Cerró los ojos y abrió la boca. El médico acercó unas pinzas y tocó una vez para observar el rostro del desgraciado. El otro se estremeció. Volvió a meter las pinzas, agarró fuerte y tiró con todas sus fuerzas. No pudo sacarla de golpe y el esfuerzo duró varios segundos. Los ojos del paciente se abrieron de golpe. Nunca parecieron tan grandes sus órbitas. Nunca vieron tan poco lo que había ante ellos estando tan abiertos. Nunca su garganta gritó tanto sin emitir sonido. Nunca su cuerpo en tensión se desgastó tanto sin moverse. Nunca su mujer sufrió tanto sin recibir golpe. Nunca una silla tuvo tantos brazos, y voces, oídos y piernas como en ese momento.
Al sacar las pinzas el doctor observó su presa. Gorda y sanguinolenta. Se dio la vuelta, ausente al vacío que había dejado y la recogió en un pañuelo. Detrás de él, un manojo de huesos y músculos se retorcía en el suelo, sujetándose aún la mandíbula, los ojos rojos y acuados; la cara de un niño al que acaban de apalear.
“Por qué quiso Dios que tuviéramos dientes, si se iban a caer. Por qué quiso que amáramos, que comiéramos y que soñáramos” pensó. Y sin embargo, sabía que no hubiera soportado lo contrario. “Tome lo que le debemos” dijo la mujer, poniendo en manos del médico unas monedas, diríanse de plata, digamos plateadas. “Buenos días” les espetó mientras recogía a toda prisa su bolso. Y al golpear la puerta, el diablo se echó sobre la cama. Y como un ángel se durmió.
Javier López Recio
Cuando oyó abrirse la puerta creyó resucitar. “Pase doctor” dijo su mujer.
Al entrar, el practicante no levantó apenas la cabeza. Estaba acostumbrado a estos lances, y ya era insensible al dolor, por más atroz que fuera. Levantó su pesada bolsa de piel y la puso sobre la mesa que presidía la habitación, salón, cocina y dormitorio, la mesa de la casa. Afuera sonaba el bullicio del mercado, que ocupaba ese día la plaza, a apenas dos casas de allí. Por eso estaba el médico allí, en una casa; no se hubiera desplazado solo por un paciente. Los días de mercado sin embargo, se hacían perras por doquier, hasta de donde no las hubiera. Por eso.
Era un día oscuro y era una casa oscura. Un candil iluminaba la escena. El docto sacó unos fardos de pesadas herramientas envueltas en piel. Las posó sobre la mesa y desatando la cuerda los desenvolvió haciéndolos sonar ruidosamente. A su espalda el doliente se sujetaba la mandíbula. Ya no tenía cara, solo quedaba espanto. Hubiera dado una mano por acabar con el dolor. Durante días y noches, había sido un punzón que le horadaba la cabeza y le encogía el estómago, poseyéndole, pudiéndole. Temblando intentó sentarse sobre la cama en la que aún yacía. En su mano apretaba un pañuelo. Con la otra empuñaba un paño húmedo, que se acercaba al pómulo para intentar, en vano, recuperarlo para dormirlo.
El médico se dio la vuelta y de pie observó al enfermo. A un lado, la mujer de este se apoyó en la mesa mirándolos. “Veamos” dijo. Y vio. Vio unos ojos hundidos, suplicantes, rendidos; vio a alguien que le miraba desde abajo. “Abra la boca”. Acercó el candil y miró adentro fugazmente. Se llevó un pañuelo a la nariz para acercarse más. 30 años de boca le saludaron. Apestosos. Con todo, se dijo, era una buena dentadura. Hizo una pequeña mueca. “Tienes buenas piezas, hombre, algunos se han librado de morir de hambre vendiendo dientes peores”. “Tenemos hambre, replicó la mujer, pero seguiremos comiendo con los dientes que nos quedan, que el que no tenga se haga con alguien que le mastique lo que ha de comer, que no será con lo nuestro. Y cuando hayamos muerto, nos enterrarán con los que nos queden. Mientras, haga lo que ha venido a hacer y lo que quiera comprar búsquelo fuera”. “Haya paz” murmuró el convaleciente, “haga el favor de Dios y arránqueme lo que me está matando, que le pagaremos para que compre cuantos dientes quiera. Pero no espere más”.
El médico le hizo sentar sobre una silla. Sacó una botella de aguardiente y una copita de barro. Sirvió. Bebió. Volvió a servir y dio al enfermo. Ambos estaban fuertes. Más ampuloso el verdugo. De constitución fuerte el burel. “Usted agárrese a la silla. Usted, sujétele la frente por detrás, con la manos entrelazadas”. La mujer obedeció y le sujetó desde atrás. “Abra la boca”. Cerró los ojos y abrió la boca. El médico acercó unas pinzas y tocó una vez para observar el rostro del desgraciado. El otro se estremeció. Volvió a meter las pinzas, agarró fuerte y tiró con todas sus fuerzas. No pudo sacarla de golpe y el esfuerzo duró varios segundos. Los ojos del paciente se abrieron de golpe. Nunca parecieron tan grandes sus órbitas. Nunca vieron tan poco lo que había ante ellos estando tan abiertos. Nunca su garganta gritó tanto sin emitir sonido. Nunca su cuerpo en tensión se desgastó tanto sin moverse. Nunca su mujer sufrió tanto sin recibir golpe. Nunca una silla tuvo tantos brazos, y voces, oídos y piernas como en ese momento.
Al sacar las pinzas el doctor observó su presa. Gorda y sanguinolenta. Se dio la vuelta, ausente al vacío que había dejado y la recogió en un pañuelo. Detrás de él, un manojo de huesos y músculos se retorcía en el suelo, sujetándose aún la mandíbula, los ojos rojos y acuados; la cara de un niño al que acaban de apalear.
“Por qué quiso Dios que tuviéramos dientes, si se iban a caer. Por qué quiso que amáramos, que comiéramos y que soñáramos” pensó. Y sin embargo, sabía que no hubiera soportado lo contrario. “Tome lo que le debemos” dijo la mujer, poniendo en manos del médico unas monedas, diríanse de plata, digamos plateadas. “Buenos días” les espetó mientras recogía a toda prisa su bolso. Y al golpear la puerta, el diablo se echó sobre la cama. Y como un ángel se durmió.
Javier López Recio
martes, 11 de noviembre de 2003
Fiebre
Mi trabajo está bien. Tengo todo el día para pensar palabras. Palabras que enamoren. Enamorar de cosas.
Algunos días me aburro soberanamente. Entonces me salen las mejores palabras: palabras locas, palabras sueltas, insultos, recuerdos, deseos, obviedades, payasadas, alegrías, sonrisas y pedradas. Cuando no sé qué decir pregunto a los demás y los demás me miran y sueltan todas las barbaridades que les pasan por la cabeza. Entonces les escucho y veo su interior: los veo planos o inflados, grandes o enanos, llenos o vacíos. Y cada día les veo distintos, aún viéndoles igual.
Los mejores momentos para crear palabras son los que da la fiebre. El otro día tuve un acceso que me puso al borde de los 40, sin termómetro. Estaba a punto de caerme de la silla pero las ideas me mantenían atado a la pantalla del ordenador. Las vomitaba por miles y manchaban mis correos, mis documentos, mis chats, todo.
Hay una cosa mejor que dejar de sentir fiebre y es sentir la locura inicial de la fiebre. En realidad ese es el momento. El resto del tiempo, es decir después, se intenta expulsar, pero entonces se vuelve insoportable. Debe ser que la fiebre es como Dios, no se puede expulsar a Dios. Si le expulsas te haces daño, te torturas.
Justo al revés que la orina. Ahora mismo estoy reteniendo la orina. Y me hace daño. Cuando la expulse me hará bien. Sin embargo solo por el placer de soltarla merece la pena retenerla. Sí, igual que la eyaculación. Eso es. Hoy tengo unos análisis médicos. A partir de las 12 no puedo comer, ni beber, ni orinar, ni cagar. Ni eyacular, le digo yo a todo el mundo. Y se ríen. Pues no sé por qué se ríen porque no hay tanta diferencia. Debe ser que ellos no han tenido nunca fiebre.
Javier López Recio
Mi trabajo está bien. Tengo todo el día para pensar palabras. Palabras que enamoren. Enamorar de cosas.
Algunos días me aburro soberanamente. Entonces me salen las mejores palabras: palabras locas, palabras sueltas, insultos, recuerdos, deseos, obviedades, payasadas, alegrías, sonrisas y pedradas. Cuando no sé qué decir pregunto a los demás y los demás me miran y sueltan todas las barbaridades que les pasan por la cabeza. Entonces les escucho y veo su interior: los veo planos o inflados, grandes o enanos, llenos o vacíos. Y cada día les veo distintos, aún viéndoles igual.
Los mejores momentos para crear palabras son los que da la fiebre. El otro día tuve un acceso que me puso al borde de los 40, sin termómetro. Estaba a punto de caerme de la silla pero las ideas me mantenían atado a la pantalla del ordenador. Las vomitaba por miles y manchaban mis correos, mis documentos, mis chats, todo.
Hay una cosa mejor que dejar de sentir fiebre y es sentir la locura inicial de la fiebre. En realidad ese es el momento. El resto del tiempo, es decir después, se intenta expulsar, pero entonces se vuelve insoportable. Debe ser que la fiebre es como Dios, no se puede expulsar a Dios. Si le expulsas te haces daño, te torturas.
Justo al revés que la orina. Ahora mismo estoy reteniendo la orina. Y me hace daño. Cuando la expulse me hará bien. Sin embargo solo por el placer de soltarla merece la pena retenerla. Sí, igual que la eyaculación. Eso es. Hoy tengo unos análisis médicos. A partir de las 12 no puedo comer, ni beber, ni orinar, ni cagar. Ni eyacular, le digo yo a todo el mundo. Y se ríen. Pues no sé por qué se ríen porque no hay tanta diferencia. Debe ser que ellos no han tenido nunca fiebre.
Javier López Recio
miércoles, 29 de octubre de 2003
Volar (29/10/2003)
Pasó como una exhalación, rompiendo en pedazos mi descanso. Intenté olvidarlo. Cuando empezaba a recuperarme volvió a pasar, lo oí muy cerca, rozándome. Sacudí la sábana por encima del hombro, y abrí los ojos instintivamente. Maldita sea. Ahí estaba yo, acurrucado en mi cama, encogido de frío, intentando explicarme cómo era posible compartir habitación con un mosquito en pleno otoño. Era consciente de que no quedarían más de dos horas para que sonara el despertador y empezaba a sentir picores en la oreja, bajo la barbilla, en el codo y ¡¡¡Zooooooom!!! otra pasada en picado de mi querido Okupa alado ...
Son las 3. Sentado en un restaurante observo perplejo la sopa de cocido que me acaban de servir. Ahí, en medio de las burbujas de grasa, un primo lejano de mi amigo el mosquito se debate entre la vida y la muerte y sacude enervado sus fibrosas patas. Llamo al camarero. Le digo manteniendo la calma que por favor se lleve la sopa. Mientras me traen el café leo atentamente el periódico. Esta noche, echarán “La costa de los mosquitos” en la 2. Vaya.
Las 5. Afuera llueve. Me meo. Me levanto y me dirijo al baño de la oficina. Al acabar voy a lavarme las manos y levanto los ojos para peinarme. La mano se me congela. El corazón se me sale por la boca. Me toco la barbilla, intento cerrar los ojos para eliminar la visión que acabo de tener: tengo la cabeza de un mosquito.
Abrí los ojos. Seguía lloviendo ahí afuera. Miré el reloj. Eran las 7 de la mañana y ya no se oía ningún zumbido. Hoy, por fin iba a empezar a trabajar. Era mi primera experiencia. En Iberia.
Javier López Recio
Pasó como una exhalación, rompiendo en pedazos mi descanso. Intenté olvidarlo. Cuando empezaba a recuperarme volvió a pasar, lo oí muy cerca, rozándome. Sacudí la sábana por encima del hombro, y abrí los ojos instintivamente. Maldita sea. Ahí estaba yo, acurrucado en mi cama, encogido de frío, intentando explicarme cómo era posible compartir habitación con un mosquito en pleno otoño. Era consciente de que no quedarían más de dos horas para que sonara el despertador y empezaba a sentir picores en la oreja, bajo la barbilla, en el codo y ¡¡¡Zooooooom!!! otra pasada en picado de mi querido Okupa alado ...
Son las 3. Sentado en un restaurante observo perplejo la sopa de cocido que me acaban de servir. Ahí, en medio de las burbujas de grasa, un primo lejano de mi amigo el mosquito se debate entre la vida y la muerte y sacude enervado sus fibrosas patas. Llamo al camarero. Le digo manteniendo la calma que por favor se lleve la sopa. Mientras me traen el café leo atentamente el periódico. Esta noche, echarán “La costa de los mosquitos” en la 2. Vaya.
Las 5. Afuera llueve. Me meo. Me levanto y me dirijo al baño de la oficina. Al acabar voy a lavarme las manos y levanto los ojos para peinarme. La mano se me congela. El corazón se me sale por la boca. Me toco la barbilla, intento cerrar los ojos para eliminar la visión que acabo de tener: tengo la cabeza de un mosquito.
Abrí los ojos. Seguía lloviendo ahí afuera. Miré el reloj. Eran las 7 de la mañana y ya no se oía ningún zumbido. Hoy, por fin iba a empezar a trabajar. Era mi primera experiencia. En Iberia.
Javier López Recio
martes, 30 de septiembre de 2003
Otoño
Un coche, dos coches, tres coches, 12 kilómetros de coches. 11 de la mañana, Madrid gran capital del reino, Santiago y España, 30 de septiembre de 2003, ha llegado el otoño. Llueve. No para de llover. En sus coches, 671.378 oficinistas, ingenieros, académicos, consultores, banqueros, secretarias, contables, transportistas, fontaneros, chapistas, impresores, pintores, albañiles y directores de publicidad se agarran a sus volantes a 12 kilómetros por hora y maldicen el cielo, mientras pisan una y otra vez el freno para no chocar contra el coche de enfrente.
En los patios de las casas, alrededor de una oficina, han salido los caracoles a miles. Los hay de todos los tamaños, gigantes, minúsculos, ni chicha ni limoná, fresquitos todos, con sus antenas tintineantes apuntando con deleite al cielo.
A 200 kilómetros de Madrid, en los Montes de Toledo, un macho de 14 puntas levanta el cuello instintivamente. La naturaleza hincha sus pulmones y clama al cielo. En 3 kilómetros a la redonda, los árboles mojados se convierten en duchas naturales. Cada bramido es una sacudida. Cada hoja es una campana en la que resuena su berrea. Bajo el techo vegetal las hembras levantan el morro del suelo y miran hacia el Norte. Se acerca otro Rey. Ha llegado el otoño.
Javier López Recio
Un coche, dos coches, tres coches, 12 kilómetros de coches. 11 de la mañana, Madrid gran capital del reino, Santiago y España, 30 de septiembre de 2003, ha llegado el otoño. Llueve. No para de llover. En sus coches, 671.378 oficinistas, ingenieros, académicos, consultores, banqueros, secretarias, contables, transportistas, fontaneros, chapistas, impresores, pintores, albañiles y directores de publicidad se agarran a sus volantes a 12 kilómetros por hora y maldicen el cielo, mientras pisan una y otra vez el freno para no chocar contra el coche de enfrente.
En los patios de las casas, alrededor de una oficina, han salido los caracoles a miles. Los hay de todos los tamaños, gigantes, minúsculos, ni chicha ni limoná, fresquitos todos, con sus antenas tintineantes apuntando con deleite al cielo.
A 200 kilómetros de Madrid, en los Montes de Toledo, un macho de 14 puntas levanta el cuello instintivamente. La naturaleza hincha sus pulmones y clama al cielo. En 3 kilómetros a la redonda, los árboles mojados se convierten en duchas naturales. Cada bramido es una sacudida. Cada hoja es una campana en la que resuena su berrea. Bajo el techo vegetal las hembras levantan el morro del suelo y miran hacia el Norte. Se acerca otro Rey. Ha llegado el otoño.
Javier López Recio
Suscribirse a:
Entradas (Atom)